No me atreví a dar ese salto,
(ni tantos otros)
pese a haberme raspado las rodillas
en el vano intento.
Me asustaban las alturas
y las espumas embravecidas.
Como siempre, un jiñao de la vida.
Justo lo que siempre desprecié.
Y así, hijos, es como pasan las oportunidades
y crece el amargo cardo del arrepentimiento
de larga distancia.
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