En la casa que dejaron tus padres, cuando ya están aquí las tardes largas que solían presagiar el tedio
claustral, tan homogéneo y tórrido de los antiguos veranos, conservas el hábito de abrir las ventanas
cuando ya no castiga el sol directo, pero dejando la persianas lo suficientemente bajas como para hurtar cualquier mirada, especialmente la propia. Lo justo para saber que está ahí fuera la vida, el mismo cielo especial, los gritos de los vencejos en su vuelo vertiginoso, el bullicio de la gente en el bar y los niños en el parque. La luz se filtra dorada y alargada sobre el viejo gotelé, mientras intento pensar lo justo y escamotearme a mí mismo lo que es y fue oscuro y ya ha perdido su lastre con los años, ese pequeño resentimiento, vuelto ya más bien una resignación, como una de esas naranjas que se ponen duras, pensando en como las cosas podrían haber sido diferentes. Así, en cualquier caso, resultaron ser. Todo fluye, nada permanece, decía el griego, pero sí que hay cosas que nos permanecen y nos anclan. Vuelves a la casa vacía y el tintineo de las llaves en la escalera es tan familiar. Lo haces sonar siempre, por el recuerdo. El sonido de la puerta, el olor del piso y del viejo trastero. Todas estas cosas te dejarán atrás. Incluso el día que te decidas a cambiar la puerta, seguramente conservarás las llaves, para hacerlas sonar de vez en cuando y ello te transportará a una vida que te queda tan lejana como una vieja película. Hallarás en ese sonido una cierta nostalgia consoladora en el fugaz reprise de la vejez.
claustral, tan homogéneo y tórrido de los antiguos veranos, conservas el hábito de abrir las ventanas
cuando ya no castiga el sol directo, pero dejando la persianas lo suficientemente bajas como para hurtar cualquier mirada, especialmente la propia. Lo justo para saber que está ahí fuera la vida, el mismo cielo especial, los gritos de los vencejos en su vuelo vertiginoso, el bullicio de la gente en el bar y los niños en el parque. La luz se filtra dorada y alargada sobre el viejo gotelé, mientras intento pensar lo justo y escamotearme a mí mismo lo que es y fue oscuro y ya ha perdido su lastre con los años, ese pequeño resentimiento, vuelto ya más bien una resignación, como una de esas naranjas que se ponen duras, pensando en como las cosas podrían haber sido diferentes. Así, en cualquier caso, resultaron ser. Todo fluye, nada permanece, decía el griego, pero sí que hay cosas que nos permanecen y nos anclan. Vuelves a la casa vacía y el tintineo de las llaves en la escalera es tan familiar. Lo haces sonar siempre, por el recuerdo. El sonido de la puerta, el olor del piso y del viejo trastero. Todas estas cosas te dejarán atrás. Incluso el día que te decidas a cambiar la puerta, seguramente conservarás las llaves, para hacerlas sonar de vez en cuando y ello te transportará a una vida que te queda tan lejana como una vieja película. Hallarás en ese sonido una cierta nostalgia consoladora en el fugaz reprise de la vejez.
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