Tuve la suerte, o no,
de cruzarme contigo por la calle.
Tu cuerpo fino,
cara delgada,
largos brazos esbeltos con tatuajes,
caderas estrechas
en cuyo centro
oscuro, perfumado y seguro
jamás podré perderme.
Un fugaz momento
que podría durar el día entero.
Me quedé luego pensando,
yunque en el pecho,
en como no podría nunca ser tu novio,
ese chico joven
que te busque por la facultad.
Que te admire de lejos (y de cerca)
en un jardín, tras unos arcos.
Que espere con tremor
y ligereza,
el bus que te trae de tu mundo al mío,
como una flor renovada cada tarde.
Ese chico al que le brillan los ojos,
perdiéndose en los tuyos
¿Cuánto hace que no me brillan a mí?
La flor vieja
mira con envidia los brotes nuevos
de la lozanía que se desarrolla
a su alrededor,
con la inevitabilidad ciega
de la naturaleza.
Desearía llevarte de la mano
y enseñarte algunas cosas del mundo,
llevarte a un país nuevo,
coger tu mano y quizás poner en ella
un trozo de belleza que aprecies.
Llevarte a Japón o a Atenas.
Que mi experiencia valga para algo.
Y que tu me enseñes otras cosas,
de tu vida joven, de tu cotidianeidad
aún fresca y con impulso al futuro.
A la noche buscarnos, fundirnos
sin que importe el tiempo
ni a ti te importune todo el que ya ha pasado por mi,
ni las arrugas, sobre todo las de dentro.
No pasearemos por la playa
jugando con nuestras huellas
antes que las olas las borren.
Y lamer el salitre de tu cuello,
ese cuello que apretaría con firme dulzura
en el éxtasis.
No apoyarás tu cabeza en mi hombro
en esa escapada que no haremos.
No nos perderemos en nuestros ojos.
Me asomo ahora a la calle,
tan desierta este sábado de agosto,
aún temprano,
como si hubiera la menor
posibilidad de que fueras a pasar
por esta calle perdida.
Solo la chicharra
está apunto de acompañarme
en cuanto arrecie el calorazo.
No podré ser tu novio, tu amante,
adorar tu cuerpo y aprenderte
y a la vez yo volver a sentirme
como si tuviera veintipocos otra vez,
el cuerpo nuevo y la sed inexperta.
¿Inmaduro? tal vez.
Me da igual.
Duele soñarlo.
Pero no lo voy a soltar.
Colgaré este deseo en mi cabecero,
detrás de la lamparita,
donde solo lo vea yo.
El respingo del corazón ya se ha pasado,
y me queda la amargura en el rictus,
habitual, los ojos temblones,
y desmoronarme pensado que no hay otra vez.
Tan injusto, tan breve.
No second chance.
Esto no era un ensayo.
Me despisté y tampoco nadie me avisó.
No lo puedes entender,
ni lo necesitarías tampoco, ¿para qué?
Ese dolor de saber
que ya nunca más habrá unos ojos
que te correspondan el deseo.
Me habría conformado
con que hubiéramos enlazado nuestras manos
fuerte,
como si nos fuera la vida en ello.
Obviamente tú estás muy lejos
de saber de estas estúpidas urgencias.
Me queda hacer lo que vengo haciendo
hace ya tiempo.
Fotos nostálgicas a esos edificios
que fueron mi entorno hace tanto,
mucho antes que tú nacieras,
buscando la nostalgia en la calle sin gente
y el bloque bajo con su encanto algo feo.
Las plantas, los toldos,
el alma escurridiza de esta ciudad,
el lado de la calle donde da la sombra.
Es el lado de la calle
donde me gustaría besarte
en un momento furtivo
sin que la ciudad nos vea.