domingo, 18 de mayo de 2025

La casa

 En la casa que dejaron tus padres, cuando ya están aquí las tardes largas que solían presagiar el tedio
claustral, tan homogéneo y tórrido de los antiguos veranos, conservas el hábito de abrir las ventanas
cuando ya no castiga el sol directo, pero dejando la persianas lo suficientemente bajas como para hurtar cualquier mirada, especialmente la propia. Lo justo para saber que está ahí fuera la vida, el mismo cielo especial, los gritos de los vencejos en su vuelo vertiginoso, el bullicio de la gente en el bar y los niños en el parque. La luz se filtra dorada y alargada sobre el viejo gotelé, mientras intento pensar lo justo y escamotearme a mí mismo lo que es y fue oscuro y ya ha perdido su lastre con los años, ese pequeño resentimiento, vuelto ya más bien una resignación, como una de esas naranjas que se ponen duras, pensando en como las cosas podrían haber sido diferentes. Así, en cualquier caso, resultaron ser. Todo fluye, nada permanece, decía el griego, pero sí que hay cosas que nos permanecen y nos anclan. Vuelves a la casa vacía y el tintineo de las llaves en la escalera es tan familiar. Lo haces sonar siempre, por el recuerdo. El sonido de la puerta, el olor del piso y del viejo trastero. Todas estas cosas te dejarán atrás. Incluso el día que te decidas a cambiar la puerta, seguramente conservarás las llaves, para hacerlas sonar de vez en cuando y ello te transportará a una vida que te queda tan lejana como una vieja película. Hallarás en ese sonido una cierta nostalgia consoladora en el fugaz reprise de la vejez.

La calle Constantina

 La calle Constantina, 
en algún momento le cambiaron 
el sentido del tráfico.
Un recuerdo temprano, 
las casitas bajas de enfrente,
de momento resisten ahí.
Tampoco existe la ruta del 4.

La primera estacada suave 
de puesta de sol 
al pecho infantil
en el autobús de la ruta.
La calle Constantina, 
no me preguntes porqué.

A veces paso por allí, 
aunque las huellas son tan remotas ya.

Subo por Miraflores, 
que también preserva aún 
muchas casas bajas,
Santa María de Ordás, 
Calle Constantina, 
y ya pronto
llegaría a casa, 
merienda de nocilla 
y fútbol en la calle.
Fue otra vida ya, 
tan atrás.
La calle Constantina 
sigue allí.
Aunque ya 
nada 
sea, 
ni sepa, 
igual.

12 de Octubre del 92, Sevilla

 Era ya de noche, casi la hora de cenar creo.
Seguramente, era de los últimos trenes ya
al apeadero de Santa Justa.

Vimos camino de casa 
algunos de los fuegos artificiales,
solo los más altos.
Era el último día, pero yo era aun tan joven
que apenas era consciente.
Son muchos los últimos días, 
e infinitas las últimas veces de algo en la vida.

En unos días comenzaría la universidad, 
y esa plenitud del verano
ya la teníamos más que consignada al arcón 
donde se guardan los recuerdos-rescoldo.
No se si todos lo recordarán igual.
Creo que no,

No recuerdo qué pudimos ya ver 
el último día de la Expo 92.
Pero recuerdo ese camino a casa,
en cualquier otra situación, 
tan intrascendente por cotidiano.
El final de algo especial,
con algo de cansancio ya en cuerpo y alma.
Y sin ser plenamente consciente.

Ya era un tiempo que los amigos ya cada cual 
había retomado su vida con sus ritmos propios,
y nos preparábamos - no mucho, la verdad -
para iniciar caminos ligeramente diferentes.
(no tanto aún, la verdad).

La sensación apenas incipiente, no obstante,
de cierre de un capítulo vital,
Como digo, 
demasiado joven aún
para pensar estas cosas y nada listo 
para apresar centellas en campanitas de cristal.

Tuvo que haber un último giro del torno de entrada y salida.
Tuvo que haber un último girar la cabeza para ver algo,
hubo, por fuerza, de haber una última ocasión 
de todas las cosas
de aquel verano tan largo.

¿Recuerdas, padre? 
Fuimos juntos ese último día a ver echar el telón.
Haberme advertido de todo esto, padre.
Pero tu no sabías, supongo.

viernes, 16 de mayo de 2025

Como como

  Como como ese rey acabado e ido
que aparece en una de las películas
de la Trilogía del Anillo.
Muerdo un tomatito con la misma ansia
mientras hablo parco con el hueco
que ha dejado en la mesa mi padre muerto.
En la misma cocina de siempre. 

Noche

 Va refrescando la noche,
pronto pasará el último vuelo, 
procedente de Lisboa, creo.

Van recogiendo los veladores
en los dos bares de abajo.
Se resisten los últimos tragos.

Como me resisto yo, es vano igualmente,
a bajar las persianas y resignarme
a la luz eléctrica y a que la cortina
ya no me haga el numerito del fantasma
con el aire último de la tarde
en el momento más profundo azul deseo.

Hastiado

 Era ya cada vez más frecuente 
que me hallase ya hastiado de los ágapes y el ruido.
Pretensiones de camisa cara planchada y
traerán el consabido pescado cansino que todos
insistirán, unánimes, en alabar como "de los mejores",
y reservarán el parking de delante para los coches más caros.
Tentado estoy de comprar por 500 euros 
un dacia de 2008 y dejarlo en la puerta.
Me sentía mas Diógenes que nunca
y os habría escupido en la cara y la comida
si hubiera tenido los arrestos de un verdadero cínico.

The Best Thing

 The best thing in the world
is a damn fine crisp cool
Saturday morning
in which you go for a walk
without a care in the world.