La mañana se despereza llena de potencialidades.
Tan repleta que no nos damos cuenta.
Tras el desayuno, la infancia del sol nos desliza
hasta un mediodía, perezoso como siesta
de pueblo estival sureño.
Adivinamos ya entonces una madurez repleta,
cálida, sin gestos adustos y preñada de energía.
El templo de las infinitas posibilidades.
Entramos en la casa con los pies descalzos.
Suave, la tarde va deshaciendose de sus infinitos rayos,
como un ocaso apacible.
Nada en ella nos indica si nos resistiremos o no
al sueño inevitable.
Cada día un ensayo, y cada uno de ellos,
múltiples vidas, y digo yo,
¿para qué tanto ensayar?
¿Cuál es ese estreno, función mayor, que merece
tanta tramoya y desvelo?
Mejor vivamos cada momento en su justo valor,
que no hay balanza tan precisa y enorme.
lunes, 20 de septiembre de 2010
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