Calor tenue sobre mueble de formica.
Es una tarde de domingo, con su pasta especial,
pero aun son años ascendentes,
con promesa de progreso más o menos lineal, predecible,
con lo que el sabor es otro, no tan amargo aún.
Avance rápido unas décadas,
cielo nublado gris color parking del Carrefour.
En ningún catálogo existe ese pantone de la congoja.
Me he tenido que agachar a mirar fugas de aceite
inexistentes en parkings horrendos.
Expuesto a cualquier proyectil
o a imprecaciones en lenguas bárbaras.
Son las sombras más frías sin fe.
¿Qué es la fé? ¿Puede ser un medicamento
con posología específica, generalizable?
Anotación al margen: envidia de la gente que tiene fe,
que tiene un asidero para que no les lleve la corriente,
o no con tanta fuerza, al menos.
El aroma de una promesa de refugio.
Ya en sí es esperanza.
¿Qué se le puede reprochar a la nada, en verdad?
¿Que no ha cumplido nuestras expectativas prefabricadas?
Lo mismo que a un hotel de aeropuerto, correcto,
moderno, confortable.
Las taras las traemos nosotros, no el hotel.
¿Qué tiene de malo una vía de servicio
con sus yerbajos, sus basuras y su estatus
como no-lugar donde nunca nadie quiere parar?
¿Te has detenido a saborear el viento en ella,
o los cielos dolidos y olvidados que se ven desde allí?
Eran nubes rosadas como las que recuerdo
de las tardes mitificadas de mi infancia.
Más tarde las vi en el aullido mudo del retorno a la capital
después de un viaje de fin de semana a provincias.
Nadie se pone a gritar un domingo por la tarde noche,
pero se oye en nuestro interior aunque nadie hable
dentro del coche.
Cada cual ensimismado en sus ecos.
A las nubes les da igual quedarse solas sobre la carretera
viendo pasar los momentos escalonados de la tarde.
Quien pudiera abstraerse de la misma forma.
Salirse del peso de uno mismo y relativizarlo todo.
A mi siempre me parecieron demasiado pesadas
y quería huir de las paradas en poblaciones aletargadas.
Nos une que podríamos tener la misma epifanía
en un suburbio de Milán o en una estación de tren
en Palencia.
Echo de menos esa suave punzada, no creas.
¿Cuántos tránsitos no son sino meras huidas
hacia delante? Escapadas de todo lo que es poso dentro.
Me vale el movimiento como falsa finalidad,
de cierto propósito sin el cuál se hace difícil vivir.
El problema es que acabe el transito y llegar a la estación.
Sobre todo si nadie te espera.
Una ciudad pequeña es quizás mayor amenaza.
Siempre me pregunto, ¿qué hace la gente aquí?