domingo, 18 de marzo de 2018

2026

Me corrí calladamente,
sin cambiar la mueca,
en su piscina pija.
Tampoco hace falta sentir orgullo
en cada logro, ¿no?

Quedaban aún dos horas para
la hora punta de un día laborable.
Sentíamos que pronto nos moveríamos
y viviríamos en el borde
de un peligro siempre presente,
si no estábamos ya cómodamente instalados
y es que nos había llegado el primer recibo,
simplemente.

Llevaba mis gafas de sol reflectantes
pese a que el día era taciturno,
(esos nublados aberrantes que te quemas igual)
pero solo por oír mejor el murmullo
de la ciudad, y por un cierto sentimiento
de inseguridad propia, claro.

Me preguntaba si estábamos muertos.
Las cosas de ayer habían llegado a su fin lógico.
Ya no quedan más "escapémonos".
Ayer éramos ya cadáveres acelerados.
Puertas al desierto.
Menuda herencia.

Vidriera de iglesia moderna en Madrid

Estoy solo en un prado, un cielo gris
sin excesivo frío, pero está húmedo. 
No tengo miedo.
Veo como llueve sobre el campo mudo,
pero estoy a salvo, viendo los árboles.
Son de un verde oscuro.
Así es suficiente.

Siento la belleza y el frescor que trae la lluvia.
¿Podría ser el espíritu o la fe?
La violencia y fealdad prometidas
por este mundo han quedado atrás.
Podría dejarme llevar por el río que hay delante.
Estoy en paz en ese momento.

Es una soledad apacible, bovina,
de domingo por la tarde.
Esas lentas tardes de sol en ciudad de provincia,
aderezadas de grandes nubes blancas y azules
sobre la meseta.
Alejándose hacia donde no las verá nadie.
durante kilómetros.

Así está más que bien. Se nos ha dado esto,
y esto es más que suficiente.
Espero que a la hora de partir, sea desde este prado.