una joven pareja se conoce,
se casan y tienen hijos,
hijos que se perderán en la tormenta.
una joven pareja compra una casa humilde
en lo que entonces eran barrios
nacientes, en la periferia joven,
llena de la fuerza de obreros
en sus mejores años,
una periferia que es hoy fea osamenta,
trazas oscuras de polución,
de veranos sin vacaciones,
de otros rostros, de otras miserias,
inocencias que se perdieron,
país que fue y nunca será de nuevo.
una pareja joven tiene un bebé
y luego otro.
Imperceptiblemente los días
van oscureciéndose,
los vidrios acumulan polvo,
según pasan los años y los problemas.
Llegan los años de la tormenta.
Los años de luchar contra fuerzas tiránicas
y colosales.
Llegan momentos en los que la lluvia
arrecia tanto y tan duro,
que esa pareja, ya no tan joven,
que dejó las ilusiones tan atrás,
tira la toalla y la esperanza.
Renuncian al hijo perdido en la tormenta.
No puedo ni imaginar esa renuncia.
Esa amargura que te acompañará a la tumba.
Y el hijo perdido desaparece
en el ojo del huracán, que le lleva lejos, lejos.
Y aún así, esa pareja tiene que volver
a dormir en esa misma casa, llena de ecos,
de recuerdos, de dolor.
el dolor de un proyecto de amor
desbrozado cruelmente por un mundo que nada sabe
de ese amor.
¿qué lágrimas se derraman cuando alguien
abre el álbum de fotos?
quizás nadie lo quiere abrir,
ya que es sabido lo qué se oculta ahí.
¿qué se siente al ver la sonrisa pura de un hijo
en los días felices cuando nada hacía vaticinar la tormenta?
martes, 10 de diciembre de 2013
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
No hay comentarios:
Publicar un comentario