Culpables hasta de existir,
arrepentidos de respirar,
de manchar con la mirada indigna
y asustados de soñar
en la quietud de los lechos
que aún no nos han quitado
en el nombre de las más altas causas.
Encausados por existir.
Nacidos por error,
llevados en la noche,
desvalidos y aullando.
Padrecito Stalin, perdónanos.
El miedo, la sangre y
los excrementos marcan por doquier
el perímetro neurótico,
la valla invisible talada y clavada
por mil súbditos ciegos
en un archipiélago que no podría
soñar un ser humano.
La nueva era que nos iban a traer,
contempladla aquí.
Hasta se le ven las costillas
del hambre y el frío.
miércoles, 5 de noviembre de 2008
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