con esa bala que mata pueblo y canto,
querré creer que queda otra mañana
para todavía abonar los campos
con la sangre de los que hasta aquí nos trajeron.
¡Ciegos!
Bajo el ciprés el último llanto estéril
de la ceguera arrepentida.
¡Qué cosa tan triste!
En su vano intento de fertilizar
su pérdida con el trozo de mar
que llevamos dentro,
único patrimonio no pecaminoso
que no se nos intenta arrebatar
el primer día.
Pero ¡mira!
ya entran en la iglesia
con torvas antorchas de odio.
Ya defecan en el pórtico
manchando con su sucia presencia
la piedra de siglos;
- su torpe pero noble empeño
despreciado -
cantos pisoteados por barbarismos.
Moja tu espada en el vino del último día
y corre a lanzarte que ya tardas.
Corramos todos ladera abajo...
aquel estandarte de allí,
el que parece arder al sol de poniente,
ese el nuestro.

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