Empiezo a asumir
el peso de tal vez
no volver a verte.
Se borrará el trazo
de tu olor,
como se disuelve el humo
en el aire frío,
tarda más pero llega inevitable
la desaparición,
y ya nunca
te encontraré
entre mis ropas.
Pero tus ojos, nunca.
En el pecho
queda una línea áspera,
que dejará de sangrar
y acompañará toda la vida
como una cicatriz,
que picará al futuro sol.
Hoy nieva.
Mi corazón es un enebro alto,
quieto y helado.
Tal vez pueda decir
que llegaste tarde en la vida,
pero no existe el tarde,
no podía ser de otra manera.
Solo existe el momento correcto,
pero no por ello doliste menos.
Un regalo inesperado.
Horizontes abiertos
a golpes de alegría, tristeza, éxtasis,
y la cuota exacta de sufrimiento,
según debe marca alguna ley
antigua e ignota.
Quizá eras el cambio que aparece
cuando uno está listo.
El destino no hace preguntas,
simplemente te cambia la mirada.
Te llamo pero solo el eco
mudo del silencio responde.
Queda un año entero.
Caminaré con tu nombre secreto
que solo yo conozco
como quien guarda
una brasa bajo la nieve.
Un preciado tesoro que quema
y duele.
Y quién sabe dónde
acabarán esos caminos.
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