Te gusta pasear por los barrios
de tu infancia, y ver
cómo han cambiado, pero como,
en realidad, no tanto.
Determinados elementos
siguen siendo iguales que cuando
tú no lo eras.
Pequeños setos, arbustos
y arbolitos.
La sempiterna basura,
ahí no cambiamos.
Los mismos bloques,
la misma geografía
inscrita a fuego en tu cabeza.
Jamás te podrías perder en esas calles.
No se si es mejor así, o no.
Todavía hace calor en tu ciudad,
te dices, esquivando las preparaciones
para el invierno que ya llegan
allí donde ahora vives
(tal vez sea solo una forma de hablar).
Una ligera contracción
de fatiga y duda, deben ser los tiempos
que están cambiando
(apunte: no soporto a Dylan).
Las raíces poco profundas no arraigan,
en cambio otras, levantan adoquines
sin que nadie las vea.
Sobre todo en las calles viejas.
(apunte: detesto que todo haya de ser nuevo
o renovado constantemente).
Miles de bares, ahora que ya no bebes,
aunque encontrarías fácil esa pendiente.
¿Qué hacer ahora con esas manos?
Paseas y las notas en tensión,
pulgar abierto, ¿presienten algo?
La luz dorada bañándolo todo
en su desplome, y luego soñar perdido besos
con lengua robados en una esquina
de calle estrecha,
donde nadie nos vea y
cuando el sol ya se ha ido
y la luz eléctrica de los 90,
lengua como vuelta a tierra húmeda
en procesión a un otoño de giroscopios rotos,
de escape con ojos cerrados.
Dejamos atrás el verano y vuelven
las cosas pesadas, demasiado tangibles.
Se acelera la cosa hasta las dichosas Navidades.
Tal vez el frio también hace que ciertas
cosas se nos aparezcan con claridad.
Se lleva la primera lluvia
el polvo acumulado durante la expansión estival.
Explorar contigo una ciudad nueva
y hacer el amor en un olivar.
Y esta cosa, este poema
no llega a ninguna parte, como ese aire
absurdo que se levanta a veces
al final de una tarde del final de Agosto.
Pero tú me entiendes.