Cuando éramos tan jóvenes,
me parece ahora mentira,
viajábamos cientos de kilómetros
en un fin de semana,
huir en persecución.
Atravesábamos esa España hueca
llenos de ansia a la ida,
restándonos a la nostalgia a la vuelta
con la puesta de sol
hurtándonos la carretera.
Envidiábamos ver el mar a diario.
Ansiábamos la cena y la risa con amigos
al calor de un mundo mediterráneo.
Rodear Murcia nos parecía ya
ir llegando a la tierra prometida,
cogiendo el desvío adecuado.
Cosas relativamente simples
como una carne en el Ayerbe,
que mucho más tarde buscamos infructuosos,
o un arroz al arrullo del mar y
la indolencia anunciada de un verano próximo.
Ya no somos aquellos,
pero ha quedado una huella ligeramente dolida
como una cicatriz blanquecina
que de vez en cuando pica, lejana,
Atravesábamos esa España hueca
llenos de ansia a la ida,
restándonos a la nostalgia a la vuelta
con la puesta de sol
hurtándonos la carretera.
Envidiábamos ver el mar a diario.
Ansiábamos la cena y la risa con amigos
al calor de un mundo mediterráneo.
Rodear Murcia nos parecía ya
ir llegando a la tierra prometida,
cogiendo el desvío adecuado.
Cosas relativamente simples
como una carne en el Ayerbe,
que mucho más tarde buscamos infructuosos,
o un arroz al arrullo del mar y
la indolencia anunciada de un verano próximo.
Ya no somos aquellos,
pero ha quedado una huella ligeramente dolida
como una cicatriz blanquecina
que de vez en cuando pica, lejana,
cuando le da el sol,
y que se resiste a que olvidemos.
y que se resiste a que olvidemos.
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