La ciudad acabó por perder su magia.
La tuvo mientras no conocía sus trazados,
cada barrio, cada carretera perdida en la noche
un nuevo universo de sodio y fríos, luces por conocer,
por dejarme acariciar por todo eso,
por días y meses y calles
con los que había soñado mil veces.
La tuvo mientras me llevaban gentes que he perdido
de un sitio a otro, y me enseñaban cosas,
tal como si fuera un niño, que aún lo era.
Trazados nocturnos y risas y abrazos que olvidé
y no podría recuperar aunque quisiera,
como pasa con los veranos de la juventud,
cuando la vida no era esta banalidad y parecía
una película más fascinante.
Algunos nombres ni los recuerdo.
Apenas si me recuerdo yo mismo,
mucho más allá de fotografías estáticas
que ahí se han quedado,
junto a los riesgos corridos que ahora parecen en balde,
pero fueron la pura experiencia de (sobre)vivir.
Sospecho que nos veremos al final,
en el último pase.
La ciudad acabó por perder su magia.
O tal vez la perdí yo.
sábado, 25 de agosto de 2018
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