martes, 20 de septiembre de 2016

Ventana de Socorro

Despierto momentáneamente, vengo cansado de mi existencia atemporal en un plano nuevo. Viajo en autobús. Estamos en mitad de la nada, un sitio irrelevante. La nada que se ha formado entre ciudades en cualquier país socialdemócrata de mierda. En ese no-lugar camina un matrimonio viejo. Con hijos lejanos. Se han quedado solos entre la misma luz crepuscular y las casas bajas que los vieron conocerse, novios, cuando eran hermosos, jóvenes, plenos y con que poco se conformaron. ¿Pero acaso logramos nosotros algo más? Queda la planicie, la inmensa monotonía de los campos colindantes, siempre presentes. Qué solidez en el transcurrir de los días, tan idénticos. El bus retoma el camino. Hemos dejado unos euros en la resignada y lenta economía local. Hemos consumido. Hasta ahí ha podido llegar lo transaccional. En unos minutos el polvo se habrá asentado. Como la mirada de esos viejos, pensando en sus hijos que probablemente no bajan mucho a verles. O les perdieron. Esos nietos que están lejanos y solo vienen para el verano, si acaso. Ellos no saben que les he robado un recuerdo para siempre, a través de un cristal sucio, donde unas letras rezan ventana de socorro.

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