coches en doble fila, padres, abuelos,
esperando a los críos;
el sol nos hurta una etapa del día.
Tráfico, amor, trabajo, preocupaciones
- pensamos qué haremos de cena y
preparamos las mantas -
también reencuentros, abrazos, sonrisas,
algún llanto,
encendiendo el fogón,
colegio, deberes, deportes, amigos,
unas cañas al salir del trabajo,
otros directos a casa,
cónyuges y tareas domésticas.
Supermercado, cosas triviales
a las que nunca buscamos un hueco.
De compras o con libros, los más afortunados.
Deporte contra el sedentarismo.
Llega la hora en la que las luces toman el control,
reclaman lo que es suyo en el final del día.
Y no está tan mal.
En absoluto.
Un claxon suave,
una tarde serena es
crisálida de otra noche.
Me recreo contemplando esta escena,
la cotidianidad, bálsamo para quien
siempre tuvo vocación de espectador silencioso.
Los ruidos quedan apaciguados
por el doble acristalamiento,
pensado para retener un calor,
que esta vez la propia vida irradia desde el exterior.
Desde el confín de esa infancia que siempre
permanecerá conmigo,
algo se tiende hasta mi yo presente.
La vida a través de la pátina de un cristal.
Las mismas nubes.
Punzadas muy similares.
Las mismas rutinas.
Los mismos placeres que todos deberían conocer.
El final del día,
¿sabes?, no está tan mal.
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