nos quedan grandes la oscuridad
y el don prometeico,
hasta las nostalgias nos quedan grandes,
el sentimiento de querer pertenecer,
de un nido, un rincón que nos proteja
también por la espalda y cuando dormimos,
que nos arrebate el pequeño fuego
que tanto nos importuna.
Por eso hemos inventado códigos
de vértigo espiral, sacrificando
hasta lo más inocente en una pira
ingrávida, inútil,
que no por ello menos dolorosa.
Siglos enteros construyendo sueños
de salida,
mundos invertidos con leyes perversas
que nos parecieron la utopía
que nos es, por naturaleza, negada.
Una aprensión que es un defecto genético,
probablemente.
Creo que eso podría decir un científico.
Una eterna canción de otoño y declive
atascando las correas de transmisión.
Un hastío, que diría tal vez
un sociólogo y mal poeta, como yo.
Una tristeza que me queda grande,
como otros encuentran la libertad
una congoja paralizante,
y la quisieran eliminar de esta tierra
como si una plaga fuera.
Moriremos persiguiendo esta quimera,
u otra parecida, entre ángeles mudos sobre los cuales
nos erigiremos superiores.
El círculo espantoso y oscuro
que ya no cabe en el apartamento.
Olor a viejo, a miedo y a viejo.
No es lugar para un niño.
jueves, 13 de noviembre de 2014
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