A tí, coral puro de vida
que no ha visto la luz
ni conoce cuchillo,
como corazón recién nacido,
te dedico esta, la más
íntima de las ceremonias.
El rito de reconciliación
del azúcar y la piel.
La oscuridad que nos dice
lo solos que estamos
detrás de la cortina húmeda
de nuestros párpados.
A ti, que nunca conocerás
el mugiente tinnitus
que oye el individuo solo.
Quién sabe a dónde
has ido en busca de refugio.
En la lentitud lacustre
del universo,
navegante espontáneo,
desde aquí te dirijo un amor
que quizás se pierda
entre supernovas,
pero que es sincero.
miércoles, 1 de septiembre de 2010
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