Vivíamos en aquel tiempo
como una tribu agostada
por las enfermedades
venidas del este.
Nuestro hogar tornamos
en bosque mezquino y sin asombro,
porque así nos dijeron que
debía ser.
Inventamos dos justicias
y adoptamos la mirada torpe y miope
con la que nos aseguraban
que veríamos el nuevo gran mundo solar,
ése que nunca llegaba,
como un amanecer de fábula.
Crédulos en esos menesteres,
se nos escaparon las fuerzas
y la belleza,
y contemplamos el suicidio
en la hora del barro.
Siempre en la última hora,
la chispa prende,
por mucho que haya llovido,
pero ¡qué lástima! andar
tan largo camino
para tan breve muerte.
lunes, 15 de febrero de 2010
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