Intentamos pergeñar
una suerte de conciencia
mitológica que de forma
a una última voluntad
que adivinamos brumosa.
En este empeño cometeremos
los crímenes más atroces
que hagan falta, pues tal es
la caída de los dioses.
Al final sólo los ecos
de la orquesta en la sala vacía,
antojo de recuerdo
para las generaciones venideras,
a su vez ya olvidadas
en las cenizas industriales.
Caerán los siglos como lluvia
de hachas, furia de dios,
implacable, y se pasará
la borrachera del caliz
onírico de nuestras éticas
falaces, fallidas, fatales.
lunes, 22 de febrero de 2010
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