Desde los balcones
nos arrojaban flores
de sangre y carne,
pero a nosotros la sangre
se nos apagaba como mil otoños
y la piel,
con cuchillas aún más frias,
se nos ajaba
abrazando mínimos
que no creíamos en nosotros.
En el umbral de nuestras almas
reside siempre un rey,
en la sombra,
de nombre jamás mencionado.
Su hálito, dicen,
puede notarse una madrugada
de cada mil,
en un despertar levemente
inquieto.
Normalmente, en la cabeza.
Con suavidad.
Como un padre amoroso.
Con la sangre de las flores
en los rostros,
nos fuimos alejando.
Nunca más les volví a ver.
Ahora, cuentan,
soplan en la tundra.
viernes, 22 de enero de 2010
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