Cuando voy a recogerte
y el cielo ha estado claro ese día,
a la ultima hora de la tarde,
desde la rotonda,
veo a lo lejos, muy lejos,
más allá del aeropuerto,
esos pueblos encaramados a las rocas
de la meseta, hacia el Este creo,
alguna salida de la A-2.
Veo una finísima línea blanca,
las casas en el horizonte,
a veces anaranjadas,
con la última luz del día,
o si es más tarde, la hilera de luces
de las casas encendidas,
las vidas ajenas,
titilantes,
el día laborable,
los dramas que no conocemos,
las geografías olvidadas
que pican como cicatrices viejas.
Pero quiero pensar en lo amable,
en los niños que meriendan,
el partido de fútbol en la calle,
la vuelta del trabajo.
En lo que debería ser una vida,
aunque sea sencilla,
pero correcta.
Un cierto proyecto.
Me reconforta ver esas casas,
no se qué pueblos son.
Pero siempre que voy a recogerte
me detengo un segundo o dos,
y las miro.
Me imagino nuestro abrazo allí.
En ese momento vivo otra vida,
imaginada, claro.
¿Qué tienen las luces lejanas?