Tiznados de ámbar sucio,
acuden al eco más tenaz,
desconchados
por la decepción constante
de un pasado revelado inmaleable.
Qué soberbio desconocimiento
del dolor y el alma humana.
Qué pequeños y ridículos
en la carcoma de su odio.
Qué prodigio de cabriolas
imagina cada uno de ellos,
refulgentes como gemas
lamidas por el mar.
Esmeraldas sangrientas.
jueves, 8 de julio de 2010
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